La propagación de la madurez en mi vida me está matando. Cuando me veo en el espejo no puedo casi reconocerme con los pantalones de gabardina y los zapatitos mocasines. Ahora que mi último par de botas me ha dicho que tiene hambre y tendré que tirarlo a la basura, me siento extraña. El pataperreo diurno y nocturno con una bolsa de cuero atada a la cintura (en la que se chocaban las latas de cerveza) ha sido cambiado por los paseos en un auto familiar en el que nunca faltan su cajita de Kleenex perfumados y un paquete de paños húmedos olorosos a culo de bebé (aunque aún suenen las botellas y latas chocando ahora bajo el asiento).
Pero, eso sí, jamás me han de ver llegar ni al trabajo con blusita de seda y leva. Siquiera la camiseta estrechita de punto y las chompas culingas me han de quedar de los viejos tiempos. La moda retro tiene que llegar, pero con los ochenta de vuelta. Aunque, a decir verdad, traen en el mismo paquete un poco de cosas detestables. Los copetes, por ejemplo, o Tatiana, las mangas de murciélago de los de Rata Blanca... y de todo el mundo, creo, pero la imagen que recuerdo ahora es la de los de Rata Blanca. En realidad, deberemos ser más específicos: lo que me gustaría que retornara sería algo medio punk moderado: nada de tonos pasteles en los pantalones, solo jeans y cuero, nada más. Eso sí, y aunque a la mayoría de gente le parezcan una aberración, con las bastas más estrechas que se puedan soportar; de esas con cierrecitos a los lados, como en los ochenta.
Y las botas para patear cabezas hippies. ¿No te atreverás a decir que no te gustan? Bueno, puedes atreverte.
Las chompas: culingas y estrechas. De jean, de cuero, de pana... pero siempre estrechas y sin ‘sofisticaciones’ del tipo flequitos o similares. Claro, si tienes un buen parche antifascista, podría ser, quizá… no, mejor no. Soy demasiado inactivista para soportarlo.