Son las 00:33 y yo deliro por un hombre en esta noche fría del verano quiteño. Deliro por sus manos llenándose con mis senos, por su lengua recorriendo mi cuello, bailando alrededor de mi oreja, metiéndose atrevida, botándome a una carcajada.
Quiero a un hombre que me estire en el piso, me rocíe con su copa y beba vino blanco de mi cuerpo. Quiero que me recorra y en cada punto cóncavo se ahogue; que sus manos me presionen, sus uñas marquen surcos que enrojezcan por un instante para que su boca tenga pretexto de sanarme a besos.
Y al mirarlo hincarse frente a mí, desnudo en su delgadez, macho semental de primera, abrirle mis piernas y levantarlas sobre sus hombros. Mirar y sentir sus manos que recorren mis muslos hasta la rodilla y regresan para levantar ligeramente mis nalgas. Tendrá esa sonrisa encantadora y hablará despacio, porque los sentidos han multiplicado su sensibilidad y no quiere romper con palabras la armonía del placer que se brinda al mirarme, al guardarme transformada en diminutos cuadraditos de colores que se acoplan en perfecta imagen digital.
Y sus ojos subirán desde mi pubis hasta mi boca y allí se detendrán. No sé si son verdes o del color pardo de las montañas que se queman con el sol de la temporada. Pero sé que se cierran como si quisieran ocultarme una verdad que puede o no brillar en el fondo oscuro de sus pupilas.
Lo sentiré entrar con suavidad, deslizarse en perfecta fricción que pondrá a temblar mi mandíbula y acabará por hacerme gemir descontrolada. Saldrá para terminar con sus manos y regarse, tibio, sobre mi vientre.
Pero solo me duele su ausencia en lo profundo de mis humedales.
Me entran ganas de preguntarte: Si tuvieras que recomendarle Prozac a alguien que no lo ha leído, qué le dirías? Juraría que te conozco. Esas palabras, las he escuchado antes. No recuerdo si desde dentro o desde fuera de mi cabeza. No es sexo. Ahora lo sé. No es sexo. Ni siquiera te he tocado. Pero estoy seguro de que te he visto a los ojos. Debo haberme ahogado en ellos en una fracción de segundo. Como en ese fugaz instante en que tomas una sola gota más de alcohol de la que debías y de allí en adelante puede ser uno o un millón de vasos. Da lo mismo. Caes al vacío creyendo que aún puedes aferrarte a algo, o a alguien. Sin embargo no fue más que una fracción de segundo. Debo haber bajado la vista para no delatarme.
Me gustaría no conocerte nunca. No debo. Pero te leo y me entran ganas de volverte a leer. Tuve que repetir el tercer párrafo cuatro veces. Me pierdo. Quiero leer más rápido de lo que puedo. Y no puedo.
En una sola ocasión he tenido sexo con una mujer sin tocarla. Nos masturbamos uno frente al otro. Fue un orgasmo casi simultáneo. Pero hay algo que no he hecho aún: lavar los pies de la mujer amada. La escena es sencilla: el sol debería inundar la habitación para que, estando totalemente desnuda, no tenga frío. Se sienta en una silla toda de madera. Yo solamente con mi viejo pantalón, me arrodillo frente a ella con una lavacara de hierro enlozado, llena de agua tibia con pétalos de rosas. Aunque sus pies son pequeños me tomo mi tiempo, no se trata de limipiar, sino de lavar. Jesús amó de esa forma a sus doce apóstoles. Tiene que haberse tomado su tiempo. Yo no he amado aún lo suficiente como para hacerlo. Y aunque ya ha transcurrido más de la mitad de mi vida, espero tranquilo, no puedo hacerlo con la mujer equivocada.
Me gustaba ir de noche a la costanera sur a ver durante horas la fuente de las nereidas. Ahora estoy tan lejos. Quisiera preguntarte tantas cosas, pero estoy muy cansado. Hablamos otro día.