Mi madre reza el rosario cada noche. En verdad lo hace, todas las noches antes de dormir. La escucho murmurar avemarías y algún padrenuestro de por medio. Escucho también pequeñas oraciones a las que no sabría cómo responder. Hace tiempo que no voy a una iglesia, ni rezo. Mis ‘oraciones’ se limitan a un, dios, que no esté encinta ni me quede encinta hoy, que no me agarre una ETS ni me la agarre luego yo… toda la marca de una infancia en que mi madre se sentaba a mi lado en la cama antes de dormir y me hacía juntar las manos tras cruicificarme en la santiguada. Me asustaba tanto aquello que acababa ahogada por el asma que aún no comprendía y no me atrevía a admitir que me aterraba ni a contarle a mi madre que ciertamente me daba algo entre miedo y mala conciencia la retahíla de palabrejas y sinsentidos del misterio católico.
¿De qué sirve la fe? No sé, pero no tomo anticonceptivos ni me importa obviar el condón con un puto como él.