Oh, hechicero de Oz… había jurado no volver a involucrarme con hombres casados después del susto y el levonorgestrel en sobredosis de emergencia. Pero no hay forma, me eres letalmente imprescindible.
El azar del juego en esta ciudad “que es un pañuelo” me conduce esta noche hasta tu casa. Camino, entro, saludo, sonrío. Tu suegra, escandalosa, me da un beso apenas me alcanza. No puedo evitar buscarte ansiosa con los ojos. ¿hace cuánto que no nos hemos visto?
Y él, sonríe, me abraza la cintura y le dice a la peliteñida cincuentona enfundada en blue jeans: “Ya conoces a mi novia”. Me hace gracia oírle decir eso. No soy su novia, ni siquiera soy su amante… lo he besado por costumbre. Porque solo él se asomó esta tarde, insignificante, a mi deseo. Luego de revolcarnos un rato sobre el césped húmedo del parque, detrás de la tarima del concierto, solo me levantó, acomodó mi ropa y me pidió que lo acampañara por la noche a una fiesta en la casa de unos amigos de su tío. “Bueno”, dije, apenada de decirle que no me interesaba en lo más mínimo.
Al dar las 21:00 en mi reloj digital, ha llegado él con su sonrisa gigantesca y sus ganas contenidas a buscarme. “La nena duerme. Acabo de vestirme y bajo”, anuncio desde el descansillo de las gradas. La niñera le sirve un trago mientras espera. No tengo idea de adónde iremos, pero seguramente será aburrido y tendré que escapar rápidamente al asiento trasero de su auto —su lindo auto, por cierto— para que la noche no resulte un desperdicio.
Partimos, corremos con su Clase M por la autopista y, al llegar, de sopetón me encuentro en la famosa estancia de los condes. Río. Él se disculpa y me dice que es un compromiso. “No, me encanta. Por aquí debe andar alguien a quien conozco”.
Sí, claro, es a ella a quien me refería. Y él me aprieta contra su cuerpo y me da un beso en la mejilla. Te miro. Levantas la copa al mismo tiempo que la ceja. Pareces burlarte, desgraciado mago que puede satisfacer todos mis deseos. Aquí estoy de nuevo: sexy lencería, deseo insaciable, andando por el largo camino amarillo. Llevo los zapatitos rojos y voy a golpearlos pidiendo estar contigo nuevamente.
El domingo, mientras depilaba el pubis de mi esposa, pensaba en el adulterio como principio y como fin de ciertas cosas que nos provocan deseo. Pensaba en ella que me llama de vez en cuando a preguntarme cuando me toca otra vez ir a trabajar allá (que por cierto es la próxima semana). Y aunque me provoca risa pensarlo, pregunto: le da un sabor distinto a la fruta el saber que pertenece a otra persona? Y sin darme cuenta, me pongo a tararear: las mujeres dicen que el hombre casado sabe más bueno...