El teléfono sobre el escritorio ha quebrado el silencio de mi concentración mientras leía la aburrida página de análisis económico. Lo he tomado con desgano mientras acababa con las últimas líneas sobre un presupuesto 2006 destinado a pauperizar el Ecuador. Es la voz medio gangosa del guardia de seguridad que anuncia que alguien me busca. Ruego que me esperen y alisto los billetes contados la noche anterior para cancelar una cuota más del seguro de mi auto.
Dejo la página descuartizada sobre un escritorio vacío y me alegro de no tener que dar explicaciones a su dueño. Bajo las escaleras en una carrera saltarina y salgo al recibidor con el dinero en la mano. Mis pasos se detienen cuando mis ojos se estrellan con su espalda y su cabello rubio (nunca he entendido como en él se puede ver tan bien) recogido en una colita que no acaba de existir en un nuevo intento de volver a llevarlo largo.
Debe haber sentido las dagas de mi desconcierto, pues voltea y me sonríe. “Hey, Jul”, es todo que dice. “Hey”, respondo. Y le tiendo la mano con los billetes casi inconsciente, incrédula. Me abraza sobre los hombros. “No es para tanto, no hace falta que pagues por mis servicios”. Reímos. Trato de explicar algo, pero él frunce la nariz y me indica la puerta para salir.
Sopla una brisa fría en esta tarde y él me conduce hasta su auto sin decir nada. Abre la portezuela lateral. Entro. En un minuto está él a mi lado. Libera el freno de mano y conduce un par de cuadras internándose en las callejas de los alrededores. Estaciona el auto en una calle sin salida en la que se levanta el muro de un fábrica y, al frente, el edificio de bodegas del supermercado. Al pasar por la esquina, el guardia de la garita ha caminado unos pasos para ver hacia donde íbamos y luego ha regresado hasta la silla en la que quema las horas de su servicio mirando programas de concurso en la diminuta pantalla de una TV portátil en blanco y negro.
“Ya, suelta las cuotas”. Ríe, mientras retira los espejuelos de frente a mis ojos que se abren inmensos ante él. Trato de explicar mi absurdo desconcierto y él tapa mi boca con su mano. “¿Qué? ¿No me esperabas? ¿Creías que me iba a quedar tranquilo después de esa noche en mi casa?”. No espera respuesta e inicia el ritual de sus besos abrasadores. Su lengua penetra entre mis labios como una llama que consume y débil voluntad. Sus manos aprietan mi cintura y me acercan a él. Tiro mi cabeza para atrás y su lengua se desliza por mi cuello.
“Vamos atrás”. Se baja y da un portazo. Pasa junto a mi puerta y abre la de atrás. Siento la humedad deslizarse entre mis piernas. Bajo de un salto y acepto su invitación al asiento posterior, al amplio espacio trasero de ese auto antiguo que le gusta usar cuando tiene ganas de hacerlo en media calle. Como un adolescente y bajo algún pretexto bobo, ha dejado su Galloper y se ha llevado el auto de su esposa. Siempre ha dicho que es “menos pinta pero más gusto”.
Me empuja hacia dentro y me recuesta. Sigue besándome y sus manos acarician mis pechos que se inflaman de deseo. Desabotona mi camisa y pasa la lengua dibujando el contorno de mi brassier oscuro. Acaricio su pelo y lo dejo jugar con mis senos mientras la excitación me invade por completo y sin mesura, como siempre que su hechizo cae sobre mi naturaleza de bestia en celo.
Zafa el sostén que se resbala de mis hombros y se suelta para atrás dejando al descubierto mis pezones enrojecidos que él presiona con placer. Me besa la boca y se monta sobre mí. Mis manos buscan su espalda y levanto su camiseta. El sudor se enreda en los bellos de su pecho. Su mandíbula tiembla y su respiración se deja oír con ansiedad. Se abre el pantalón y saca su pene erecto bajando su ropa interior sin bajar el jean. Mi boca quiere acercarse, pero la posición es difícil. Él se sienta y me empuja al piso del auto en donde caigo de rodillas para entregarme a la adoración de su virilidad entre mis labios.
Luego de un rato, él me detiene y me levanta. Me sienta sobre sus piernas y acaricia mis senos. Desliza su mano por mi vientre y empieza a quitarme el pantalón. Lo hace despacio, deleitándose en mirar mi rostro y el temblor de mi cuerpo. Me recuesta nuevamente sobre el asiento y saca mi ropa interior. Doblo las piernas en un intento de acomodarme y él sujeta mi pie y me saca el calcetín. Muerde mi tobillo y empieza su ascenso hasta la vulva que late ansiosa de su boca. Da un lengüetazo y levanta su cabeza. Me voltea hasta tenerme boca abajo. Mi pie desnudo siente el frío del vidrio de la ventanilla. Su boca devora cada vértebra de mi columna. Su mano acaricia la redondez de mis nalgas hasta que sus dedos se sumergen en mi vagina y el movimiento empieza a hacerme gemir. Siento mis pechos inflamados ajustarse contra el cuero del asiento y mi cara casi golpearse con la puerta. Intento incorporarme un poco y me volteo. Él es una bestia sexual que baja su pantalón y me muestra a plenitud su deseo.
Toma un caja cerrada del bolsillo del asiento delantero y la desgarra con sus manos. Saca un empaque de caramelo y lo corta con su boca. Una de sus manos se entretiene en frotar su verga dura y enrojecida. La suelta y se ayuda con ambas para colocar el condón. Ríe. Me abre las piernas y entra en mí con vehemencia. Me siento desnuda en el auto, en medio de la calle. Veo el edificio frente a nosotros, con movimiento de cajas y personas. Lo miro a él y no quiero que pare. Lo siento gemir con el orgasmo y le ruego que siga. Me asusta un poco ver gente que se asoma a la ventana, pero no puedo dejar que pare. Cierro los ojos y me concentro en el placer de su cuerpo en el mío.
Es un ruidito breve, el de las piedrecillas rodar. Él alza el rostro y veo el susto reflejarse en sus ojos azul profundo. Luego es una mano sobre la ventanilla y una carrera de botas militares. El mago se retira de escena y me arroja la ropa. “El guardia…”, dice, mientras ríe y gime en un solo estertor. Le veo meterse la camiseta y veo su liga oscura rodar hasta el piso del auto. Me pongo seria. “Al menos terminé”, le digo, y él salta al asiento delantero sin darme tiempo de recuperar la compostura. Acabo de ponerme la ropa al apuro y aún me abotono la camisa cuando prefiero acurrucarme en el asiento al pasar por la esquina de la garita. Oigo a mi hombre saludar con una risilla que luego se transforma en carcajada mientras el mundo se me viene abajo de vergüenza. Me siento incómoda. Él para frente a mi oficina y me roba un piquito cuando bajo de su auto.
Camino nerviosa y me percato de que algo no anda nada bien. Corro un poco hasta entrar al edificio. Empujo con ferocidad la puerta del baño y ruego que solo sea una impresión, la ropa interior mal puesta, algo. Entro en uno de los cubículos de la batería sanitaria y bajo mi calzoncito solo para comprobar la humedad derramada en él. Halo el condón de mi interior. Y río mientras hago cuentas entre fechas.
Me he tenido que quitar la ropa interior para lavarla. La restriego en el lavamanos. Me miro en el espejo y detecto esa vena en mi frente y esa sonrisa de placer que hace rato nadie lograba poner en mi rostro. Exprimo mi calzoncito y me lamento. Olvidé mis anteojos y 66 dólares en su auto.
como un postre que mientras lo devoras va sabiendo mejor al gusto, deslizándose suave por el paladar, inundando toda la cavidad bucal con su acaramelado sabor, tomándose cada vericueto gustativo tus letras me han estremecido...
Por un instante me hiciste viajar en la fantasia, conviertiendome en aquel hombre y deseando a una mujer como esa..
Me gusto este viaje, felicitaciones... si tienes mas historias asi enviamelas.