Por esos juegos del azar en las charlas femeninas, alrededor de una mesa pequeña en la que se levanta retadora una gran columna de cerveza que queda vacía antes que la de nuestros masculinos vecinos de bar, nuestras voces se han enredado entre murmullos y carcajadas que recuerda esa “primera vez”.
—A los 18.
—Yo también. Justo ahí te pica el gusanillo al sentirte universitaria.
—Chuta, entonces yo sí he sido tempranera: a los 16, con la falda del uniforme levantada.
(Risas, fantasías, juegos escolares)
—¿Y vos? —me preguntan.
—Atrasada como siempre —les respondo mientras trato de igualarme al llenar otro jarro de cerveza—: a los 20. Pero, eso sí, desde el principio a darle duro a la hilacha, orgasmo total —y bebo mi cerveza.
Entonces me sorprende ver la expresión de asombro de todas y hasta las miradas extrañadas de los vecinillos ante el brindis orgásmico. Río. “¿Ustedes no?”. “No” es la respuesta general y aterradora.
¿A pura ‘manuela’? No, ni eso. Ni orgasmo con el tipo dentro, ni orgasmo con los dedos de por medio… la masturbación era un misterio para las virginales jovencitas de hace años. Siempre creí que mis juegos sexuales solitarios a los 12 no eran ninguna excepción, pero no puedo creer que las panillas vinieran a decir que no de puro curuchupas. Entonces, eso significa que de verdad nada había estado por allí antes que sus noviecitos inaugurales.
Vaya, supongo que por ese consuelito aguanté tanto…
Pero, ¿las creíste? ¿No querrían dárselas de virginalísimas? Si no te mintieron, qué mal.
Abrazo orgiástico.
Pues yo también lo he dudado... lo sigo dudando, pero... por qué esas perrillas querrían darse de vírgenes?