Me he quedado mirando la pantalla de la “nueva entrada exitosamente guardada” y no he podido evitar que mi memoria corra hacia esa tarde de orgasmos virginales.
Era el mes de septiembre de 2000. Una tarde cualquiera en la que él había vuelto a decidir “dejar Total”, así que me pidió acompañarlo a retirar sus cosas del cuartito de ensayo que había en la terraza de la casa del líder de la banda. Y bueno, vamos.
Tomamos un autobús y caminamos tomados de la mano por entre los bloques alineados con perfecta geometría en aquel condominio. Llegamos y la madre de nuestro amigo abrió la puerta y nos llevó hasta la terraza. Nos despedimos dándole un beso en la mejilla y dejando saludos para su hijo. Mi noviecito inaugural hablaba sobre la imposibilidad de su desarrollo creativo bajo ese parámetro egocentrista de no sé qué tantas cosas que nunca vi hechas ni por él ni por ellos. En todo caso, una vez más renunciaba para volver a los dos días a esas sabatinas de ensayo. Caminamos de vuelta entre la contaminación de la ciudad; tomamos otro autobús y llegamos a su casa con el sopor de las 15:30 de las tardes calurosas del fin del verano. Él tiró las llaves cuando intentaba abrir a puerta. Yo me miré y traté de recordar el color del calzoncito que llevaba puesto. Y ahora, tampoco logro recordarlo.
Entramos y subimos a su habitación para “dejar las cosas y oír música”. En otras palabras, para aprovechar la cama. Solo llevábamos juntos unas semanas y yo, virginal, no pensé realmente en sexo aquella tarde. Lo miré, desde la cabecera de la cama, poner un disco de Jaguares. Gateó sobre el colchón hasta llegar a mí para besar mis labios y sentarse a mi lado. Sonreía con esos ojos bailarines demasiado separados el uno del otro para ser realmente bonitos. Un mechón de pelo caía sobre su frente.
No dijo nada más y empezamos a matarnos de deseo y lenguas en la garganta. Lamía mi oreja, mi cuello largo. Me acercaba a él y yo lo dejaba hacer complacida y húmeda. Subió mis piernas con sus manos a la cama y recorrió mi piel por el intermedio del jeen. Fue osado y llegó a mi entrepierna para seguir subiendo. Él gemía ya. Pero la virgen muchachita temblaba más por la duda que por el deseo.
Apretó mis senos con sus manos de dedos largos y ásperos, dedos de guitarrista. Siguió besándome en un tiempo eterno, incontable… ese tiempo del primer placer. Recorrió mi cuello y descendió mordiendo apenas mi clavícula. Sus dedos lo auxiliaron para abrir mi blusa color de cardenillo que se deslizó cuando sus brazos me separaron de la pared. Bajó la tirita delgada de mi brassier negro de encaje con sus dientes. Me dejó un momento en suspenso para deshacerse de su camiseta. Yo abrí los ojos y compuse mi ropa interior. Él me miró y dijo: “Creí que íbamos bien”. “Sí, pero…” ¿Soy virgen? ¿Iba a decírselo? A esa edad ya suena a cuento chino. No le dije nada. Lo miré un rato y me acerqué para seguir.
Él rió y me abrazó apasionado. Aquello de desnudarnos resultó un proceso que me pareció demorar horas en medio de mi ansiedad, de mi precipitada decisión de dejar de una vez por todas aquello de los “labios vírgenes”, esta vez los de la vulva. No me iba a quedar a medias como sí me quedé cuando la primera lengua ajena apenas rozó el interior de mi boca.
Recuerdo que las piernas me temblaban de tal modo cuando él zafaba el cordón de mis botas, las retiraba y luego abría el botón y el cierre de mis jeens negros. No pude sostener el peso de mi propia cadera en el aire cuando empezó a halar el pantalón desde las bastas. Volvió a estar frente-sobre mí, recostados en la cama, y levantó con su mano firme mi cintura para que el pantalón saliera con un tironcito de su otra mano. Le temblaba la mandíbula.
Terminó de sacarme la ropa y me dejó tendida sobre su cama, totalmente desnuda, para pararse al frente y acabar con la ropa que le quedaba. Era la primera vez que veía frente a frente una erección total, deliciosamente firme, acariciada por sus dedos y el látex del condón de emergencias que de un momento a otro estuvo en sus manos. Reí y cerré los ojos como una florecita inocente. Él soltó una carcajada y luego estuvo sobre mí para abrir mis piernas con la fuerza de su virilidad exacerbada. No se lo permití con lo último de mi pudor. Entonces me miró con cara de “a ver… qué pasa, bonita… no vengas con huevadas a estas alturas”. Lo miré y luego cerré los ojos. Él se rió: “Ya apaga el semáforo” —típico lugar común—. Reí también y le pedí disculpas. Le solté casi con un suspiro: “Es que soy virgen”. Cuando abrí los ojos, tras algunos minutos, él seguía allá en silencio, se había sentado a mi lado y desechado el condón que ahora reposaba tan vacío en el piso. “Lo siento —dijo—. No quiero presionarte”. Me senté entre sus piernas, mirándolo a los ojos y le besé los párpados, la nariz, la boca. Metí mi lengua hasta el fondo. Él me abrazó y seguimos besándonos un buen rato, al compás de mi inseguridad.
Me recostó en la cama y se detuvo un momento. Me acarició la pierna flexionada y se acercó. Murmuró a mi oído: “Estás bien”. Respondí que sí con un gemido al sentir sus dedos penetrarme. Él rió y dijo… “no puedes ser virgen…”. “Virgen, pero no fanática”, le respondí con una carcajada que él replicó hundiendo su mano en mis humedales y acalló con un beso.
“¿No hay problema?” “Dale”, le dije. “Por el tiempo… es que no tengo más condones”. Lo pensé un instante. No había problema. Él sonrió y levantó solo un poco mis caderas. Fue entrando despacio y la presión de su pene fue mucho mayor de la que su mano o la mía o la de cualquiera había logrado poner. Fue solo un instante de esa presión desfloradora. Gemí. Él paró. Le grité que siguiera y sentí su cuerpo en el mío, sus manos apretándome, su verga rompiéndome, su lengua limpiándome. Cada vez más rápido y sus gemidos, entrecortados… un largo aullido gutural y un freno fortuito que me desconcertó. Cayó sobre mí. “Dale”. “¿No terminaste? Lo siento, creo que me emocioné demás”. “No sé —le respondí—, pero dale”. “Espera que despierte el vengador calvo nuevamente”, dijo con una carcajada.
Y fue efectivo, sin duda. Despertó raudo y me cogió con fuerza sin salirse siquiera de mí. Sentí como crecía en mi interior, como sus caricias desde dentro de mí misma me llevaban casi a perder la conciencia del placer. Sentí que todo el cuerpo se me ponía extraño, sentí un cierto ligerísimo dolor justo arriba de donde él estaba, sentí mi vientre contraerse, sentí reventar algo entre mis piernas, me sentí corrida, húmeda. Él me preguntó: “¿Te gusta?”. “Me encanta”, respondí venciendo el ahogo del placer y tratando de readaptar mi vista al mundo multicolor más allá de ese particular hundimiento que es el orgasmo. “Me mojaste”, dijo con una risa de ternura. Se retiró y se recostó a mi lado. Me acurruqué en su regazo y creo haberme quedado dormida unos minutos.
Como dirían los argentinos: SOBRECOJEDOR!!!
guauuu!!
lo cuentas muy bien.
es mi primera visita, pero seguroque no será la última.
voy a secarme
¿un tema de jaguares?...no se porque al ponerle banda sonora al texto en cuestión, rebobino mi cerebro "la célula que explota" (caifanes)....y te ví tendida con el pecho abierto de un tajo en pleno big bang interno......