Ha sido un encuentro por coincidencia. Yo caminaba en las calles para buscar un par de zapatos que le combinara a mi nueva falda, con mi melena larga —aún oscura— atada con un cordón azul, pantalones holgados y un body dorado que me volvía triplemente colorida. Mis pasos gastaban las suelas extraadherentes de mis botines de Lara Croft.
Mi lengua atentaría más de una vez contra lo políticamente correcto aquella mañana. Su primer desliz fue invocarme al atragantameinto de litros y litros de crema con frutas frescas en un delicatessen. Entré y me topé de frente con su sonrisa de dientes resplandecientes, superblancos, perfectamente rectos (como solo lo son los que han pasado por las manos de un sabio ortodoncista). Me ha llamado por mi nombre. “Hey, ¿qué haces acá?”. “Quito es un pañuelo”, me responde, y no puedo dejar de pensar que nosotros somos un par de mocos sueltos. Río y su risa tonta me hace un eco. Se levanta y me invita a tomar algo.
Dos copas de coctel de frutas más tarde, el dulzón sabor me obliga a ansiar tres rollitos de sushi con jengibre. Se lo comento y él se levanta para pagar y regresa. Me toma de la mano y, sin preguntar, decide bajar un tramo de gradas hasta el parqueadero. Me arrastra sin decir palabra hasta el ascensor diminuto y lento que podrá llevarnos hasta la tercera planta con la promesa de un rincón de comida oriental.
Un ascensor estrechito, para dos… un ascensor sin niquelados, tibio para el sexo… Subimos sin decir palabra y, tras aplastar el botón con un luminosos 3, él dice: “Estás linda”. Su risa tonta rebota en el eco de este bocado de espacio que nos conduce para arriba tan lentamente que parece que la lucecita fuera la señal para que dos esclavos fortachones empezaran a halar correas y cadenas en lugar de para que se activara el sistema automático con el poder ‘diabólico’ de la modernidad.
Cuando el eco deja de atormentarme y lo veo mirar hacia arriba para vigilar si los pisos siguen pasando, recuerdo aquellos años de colegio en que lo veía igual que ahora y pensaba que con él si había sido cruel Dios: un embarrón de sesos y brackets. No era justo, de no ser por la metálica sonrisa con liguillas de colores fosforescentes, aquel pobre habría podido por lo menos ejercer de modelito… o de gigoló, mucho más placentero. Pero me equivoqué. Dios no era cruel, solo tardaba un poco: el efecto final era ese perfil maravilloso, esos ojos grandes y oscuros, tan llenos; esas pestañas espesas, esa barbita de cuatro días… todo, reflejado en el espejo que tenía al frente en ese ascensor, para evitar, supongo, los ataques de claustrofobia.
Un frenazo brusco me saca del recuerdo y veo mi propia sonrisa en el espejo. Él me mira y sonríe, quiere dejarme pasar primero. Tardo en reaccionar y ambos chocamos en la puerta, frente a frente. Son solo unos segundos de duda y él me tira de vuelta para dentro. La puerta se cierra y el retorno al subsuelo se vuelve corto con su beso eterno, suave… apenas penetra en mi boca, luego la invade con brío. Se detiene para ver mi reacción; mis manos se enardecen contra su espalda y lo sujeto contra mí. Vuelve su lengua suave a jugar entre mis labios, a recorrer mi paladar, a enredarse con la ansiosa lengua mía.
Su mano se desliza traviesa y afloja la tirilla que sujeta mi pantalón. Desliza su caricia por mis caderas, por mis nalgas; se enreda en los hilos de mi tanga. Abro las piernas, me separo un poco y mi pantalón cae. Él se detiene, sonríe con su boca perfecta. No, que no ría, por favor, que no ría. Mis labios se apresuran a silenciar su posible estertor-carcajada, y mis manos corren para verificar su erección debajo del pantalón de gabardina.
Un brusco frenazo nos despierta. Mi pantalón está en el piso, mis pezones saltan debajo del body, su verga surge retadora de la bragueta. Tartamudea algo que suena a disculpa. Le tapo la boca con la mano y ruego porque a nadie se le ocurra usar este artefacto por un rato. La puerta se cierra, la luz se apaga.
Mi tanga va más rápido que sus manos y mis suelas antideslizantes quedan perfectas contra el espejo. Sus manos elevan mis nalgas y su pecho se pega al mío. Lo siento entrar y siento el borde frío de su cremallera contra mis labios (solo espero que no se enrede con mi vello).
Un sonido bronco anuncia el movimiento y la luz me permite encontrar su rostro beatífico mirando para arriba. “Dale, esto es muy lento, hay chance”. Al llegar al segundo, explota dentro de mí y me da tiempo para recoger mi pantalón mientras el recoge su verga y la esconde. Al abrirse la puerta, la luz me enceguece un segundo y él recoge algo del piso que mete rápidamente en su bolsillo. Sonreímos y saludamos con el desconocido cargado de paquetes que nos mira extraño mientras espera que salgamos.
Al terminar el sushi, él me entrega un secreto y mi tanguita antes de irse: “Como a los 15, me he sentido en las nubes a tu lado. En alguna dimensión paralela, te quiero, Julia”.
oye! por fin! ya estaba empezando otra vez a preocuparme. se ve que no aprendo.
Wow, Julia! Todavia me estoy secando el sudor...¿Eso pasó en Quito? Mirá que loco, yo también tuve un par de historias subiditas de tono en Quito...Quien diría, no?
Un beso
Gontxu
El Pobre Niño Pijo
cada vez que te leo, julia, es un calentón!!!
(gracias) (escribes muy muy bien)
después de eso un ascensor jamás se tomará igual. Una comezón, un latido, un serpiente subira desde el piso haste tomarte los genitales, engullirlos, acalambrarlos. Volverá internminable el paso del entrepiso, la titilante lucecita de cada número pasará tan lentamente....y la gota de sudor y placer tendiéndose como horca en tu cuello, obligando a mirar morbosamente a quien aborde el habitáculo....arrancarle la piel, los cabellos, los poros, la vida misma en un segundo...
Pues, sí, no puedo evitar sentirme un poco extraña cada vez que alguien aborda un ascensor conmigo, en Quito, fervor de ninfómana.
Y Nef... soy yo la que se muere de angustia cuando no te ve.