Él camina unos pasos y la madera cruje debajo de la alfombra de sangre. Luego sus zapatos de caucho amortiguan el golpe contra las duelas del piso sin encerar de su taller. Hoy solo hará unos bocetos, ya me enseñará luego el resultado. Mira la ventana que ilumina la habitación y quiere correr las persianas… Le pido que las deje abiertas para mirar esa Quito matinal. Sonríe. Camina unos pasos para tomar su “cuaderno de dibujos”. Deja en blanco un par de hojas para separar los “paisajes del sur” de sus próximos “desnudos femeninos”. Seguramente dejará otras entre mi cuerpo plasmado en grises y los ensayos de sus dibujitos para adolescentes.
Mientras se entretiene en vigilar la punta aguzada del lápiz y algunos otros trocitos de madera y minas que no entiendo, tiro sobre la silla junto a la puerta mi blusa malva y empiezo a zafar el botón de mi pantalón de brevísima cremallera sobre el pubis. Él me detiene con una palabra. Me quedo inmóvil y él dice algo sobre mi ombligo y mi ropa interior negra. Le pido un par de fotografías… para colgar… fantasía de último minuto al ver su cam sobre el escritorio. Tras algunos clics, se acerca y me muestra retazos de mí sobre mi propio vientre, mis uñas incrustándose como queriendo abrir la caja torácica, mis senos atrapados en negro, mis vellitos brillando por el sol que se filtra desde la calle en un camino que une mis puntos erógenos desde el pecho hasta el pubis que se atisba debajo del pantalón. Río.
Él me pide quedarme un momento en esa luz de 09:00 en la entrada de su habitación y calca mi contorno trazando las sombras. No me puedo estar quieta y empiezo a husmear en su librero. Termina y se queda mirándome. Me siento y suelto los cordones de mis botas. Sacudo mis piernas mientras deslizo mi pantalón y mis bragas en un mismo empujón. Quedan atrás cuando camino hacia su cama. Noto que traga.
Me siento sobre el borde de su bajo colchón y me deslizo hacia atrás, las rodillas muy juntas, los pies un tanto separados. Mis manos soportan el peso de mi cuerpo y resbalan suavemente sobre el edredón negro. “Tu piel es más blanca de lo que se sospecha con ropa”, rompe de pronto el silencio. Una carcajada bota mi cabeza para atrás y allí me quedo cuando escucho el clic digital una, dos, tres veces más. Y luego los maderitos rodando sobre la mesa.
“Mira”. Y ante mis ojos están unos trazos violentos que alargan mi cuerpo sobre el negro profundo de su cama y marcan el vello en mi pubis y los sellos de mis pezones en sanguina. Unos minutos después aclara: “En realidad eres mucho más redonda, pero a mí me gusta dibujarte así, fortaleza de agudeces que se cierran a mi mirada en un reto”. No espera nada de mí y rectifica un par de líneas sobre la mesa. Al rato, voltea y me encuentra sentada allí mismo en el borde en que me dejó, estirada -cuello de garza- sin posibilidad de alcanzar la blancura del papel sobre el que sus manos trazan.
Deja el trabajo y me mira sonriente. “¿Ya?”, pregunto. “Me gustaste así”, responde. “Si quieres tápate un ratito, para que no se me vayan las ideas”. Obedezco y me meto debajo del edredón. Su frío contacto y el contraste con la suavidad de sus cobijas me humedece.
A la siguiente vez que voltea, toma la cámara y me saca un par de fotografías con las piernas recogidas en un triángulo envuelto en negro y trabado con las trancas blancas de mis brazos; mi cabeza reposa sobre las rodillas, mi espalda al fresco, mis nalgas sobre la pelusa de sus mantas. Me humedezco.
Suelto mis rodillas. Él sonríe y mira hacia otro lado. Un cierto temblor en la mandíbula lo delata. Trata de hablar de cualquier cosa y me pide que me acomode como quiera. Me levanto y doy unos pasos con mis 180 cm sobre la cama. Ahora me arrodillo con las piernas abiertas y mi sexo casi tocando el edredón. Mis manos se clavan en el centro y los brazos aprietan mis senos duros de deseo hacia el centro. Él traga. Algunos clics. Se acerca, justifica que quiere fragmentos. Me pregunta si puede ser sucio. Río y llevo las manos a mis caderas.
Se arrodilla frente a mí y me mira. Baja la cámara y hace un zoom hacia mi centro mojado. El lente de la cámara se extiende automáticamente unos pocos centímetros, como si quisiera penetrarme. Miro el bulto debajo de sus pantalones. Miro el temblor de sus manos. Su sonrisa. Siento su respiración que se niega a ser suspiro. Se pone en pie y deja la cámara junto a la computadora. Comenta algo simple sobre los blogs. Regresa a ver, cierra y abre los ojos. Se disculpa. Me pongo de pie, lo abrazo y siento el algodón de su camiseta contra mis senos. Le beso los labios con suavidad. Sus manos se incrustan en mi espalda, su lengua entra en mi boca. El bulto de su entrepierna se ajusta contra mi pelvis.
Su cama soporta el peso de nuestros cuerpos cargados de deseo, rodamos a la alfombra, chocamos contra el bombo. Es un sonido de platillos agitados en lo alto. Él ríe y me devuelve sobre el colchón. Me besa, me penetra, me devora. Mis gritos enardecidos de placer llenan la habitación.
y yo trago
y suspiro
qué bien lo haces
Wow, Phosphorus! Me parece que después de leer esto, esta noche voy a soñar...Ejem...
Veo que pones de tu parte para evitar las depresiones;-) Es un buen relato, me gustó mucho.
Un saludo
regalame una foto de esa sesión!!
Me ha encantado; el ritmo, el relato, el juego.
besos