Resulta extraño que yo empiece a temblar así y que sea la única que sigue sonriendo a pesar de los gritos en la reunión de la mañana en que el jefe de información ha “renunciado” y los retrasos acumulados que hacen que decenas de avisos verdes brinquen ante mis ojos sobre la pantalla de cristal líquido de la supernueva PC que me niega el placer cada mañana sin acceso a la Internet.
Es extraño, pero traigo la sonrisa clavada en mi rostro desde que la estridencia del timbre del teléfono me ha obligado a dejar mi lamentable dietética granola de naranja bañada en leche 99% libre de gracia con todo el calcio que tu cuerpo necesita (¡cómo añoro las mañanas de queso!).
Mientras caminaba por el corredor hacia la fuente del escándalo, he fruncido el seño al pensar que oiría al otro lado del hilo telefónico la voz del Mago (hoy más ex amante que nunca) hablándome de amor (¿por qué diablos la excelente máquina de follar decide hablar de amor?). Y pienso en el ardor en mi entrepierna, en mi desgarradora abstinencia, en mis lágrimas que prefiero pensar que se deben al sin-sexo (en realidad no lo extraño) y no a los tres días que faltan para que él se pare frente a un altar de Burzaco a esperar a su novia con traje de gala y sonrisa nerviosa (más dudas que ganas). Hace cinco años que no lo he visto. Cinco años. Cinco años de presencia en la distancia, de sustitutos fallidos, de extrañar el torrente de su vida junto a la mía, atravesados por miles de kilómetros de áridas tierras sudamericanas.
Respondo con la duda… “Aló…?”. Y es su acento tan quiteño que parece que estoy oyéndome a mí. Y no entiendo la sonrisa que se dibuja en mis labios ante su voz. Y no entiendo ahora por qué no se me borra.
(Ya te vi, guambra. Será mejor así. Será mejor así.)
Sonríe. Sigue sonriendo, pero no tiembles. Ni él ni casi ninguno lo merecen.
Abrazo orgiástico.
y sigo temblando y riendo
sí, sin duda será mejor así
aunque esas sonrisas duran eones