Esta tarde me rompía la cabeza intentando calzar un titular a cuatro columnas cuando sentí su mano sobre mi hombro: firme, se ajustó contra mí y su voz sonó junto a mi oído. Volteé a ver y me encontré con su lengua rozándole los labios y una sonrisa muerta instantáneamente después. Reí al recordar como hace honor al apodo con el que lo marcaron en los años de universidad por esa lengua juguetona.
Casi siempre las cosas empezaban en las horas huecas de los días fríos en el patio de la universidad. Ambos nos apretábamos contra nosotros mismos sentados en el respaldo de la banca de cemento pintado de blanco, mientras algunas gotas aún caían desde las hojas de los árboles centenarios que se elevaban sobre nosotros. Era un silencio que hablaba de pasión, de ansiedad. Casi sin palabras decidíamos marcharnos, recorrer los corredores universitarios hasta encontrar un aula desocupada. Entonces, cerrábamos la puerta después de entrar y sin más sonrisa que aquella expresión muerta de su boca luego de lamerse los labios, empezaba a besarme y atravesarme con su lengua desde la boca.
Sentía como describía con tu movimiento el perfil de mis dientes, las rugosidades de mi paladar. Sentía como su lengua se deslizaba por mi piel fría y penetraba mis orejas. Sentía como su lengua se abría camino entre la ropa de abrigo para encontrar mi pecho y bailar alrededor de mis pezones. Sentía como descendía volviendo a transitar las rutas exploradas y delineadas por una débil sombra de vellitos que no dejaría que se extraviara.
Entonces me alzaba sobre el escritorio del profesor, en una cátedra tradicional, y murmuraba algo sobre la sombra de los estudiantes que nos observaban desde los pupitres alineados y se masturbaban repletos de angustia y semen de novatos. En tres movimientos se deshacía de mi pantalón y mi ropa interior, para sumergirse con movimientos circulares en mi pubis. De rodillas, lo veía lamer mi clítoris inflamado y sujetar mis piernas con sus manos. Me encantaba acariciar su pelo largo, perfectamente liso, brillante, suave… ese pelo que hoy traía atado en su nuca. Todo acompañado por un suave rugido de placer que opacaban los pasos en los corredores, las risas de los estudiantes, las prisas se los rezagados.
Cuánto me hubiera gustado estudiar con vos, o estudiarte a vos.
sólo decirte que me ha encantado
y que siento envidia de su lengua