Ella se mira a sí misma sin mirarse, como esos retazos que se cortan e interrumpen el paisaje en la ventana. Es un cielo celeste intenso, de esos de amanecer soleado en Quito, y en el fondo se dispone pequeñuelo el Cotopaxi. Sus piernas flexionadas al frente y ligeramente separadas para enmarcar el volcán, lo sobrepasan en altura y se inclinan delgaduchas. Sus manos acarician el cabello terso y los dedos son los dientes de la peinilla que acaba de destrenzar estirando hacia delante hasta dejarlos caer sobre las cimas de sus rodillas. Ella puede mirar la punta de su nariz cuando voltea el rostro para dejar fluir su cabellera. Es entonces cuando mira la mano que se asientan sobre su vientre apenas tocándolo. La voz ajena le dice: “Ahorita se le metió el alma”, y aprieta. Solo en ese instante, ella es consiente de la desnudez a su lado y del olor de semillas y bosque que le atraviesa las venas. Sin embargo, solo puede ver la punta de su nariz y, del hombre a su lado, apenas la boca con su barba en proceso interrumpido de ser chiva. Los dientes como un resplandor en la sonrisa. Y la invade la certeza de que será varón.
Es un sueño reiterativo que ha empezado ya ha preocuparme. No hay nada más en él noche tras noche.
Este escrito es retorcidamente excitante.
Yo también quiero oler a bosque.
Tu escrito tiene magia, olor a bosque e infancia.
No está nada mal esa invasión del "alma" ajena en el cuerpo propio.
Besos multiorgásmicos.