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:: Phosphorus ::

un caballero cruzado me salvó la vida

Archivado en divagaciones y algo más • Fecha: 31-05-2006 23:37:04

Un día que ya empieza a parecer lejano, lejanísimo… un amante levantó su rostro de entre mis piernas después de haberme conducido a la muerte con su lengua, y transformó a la acariciadora en órgano de articulación para decir: “Te amo”.

Entonces logré abrir y cerrar mis ojos para articular mis pensamientos y respondí: “Lo siento, yo no amo a nadie”. Y ante su rostro de ingenuo pánico me sentí obligada a especificar: “Llevo puesta una armadura contra el amor. La gruesa cota de malla evita que hieran mi corazón y el brillo de las piezas de metal que parecen forjadas por Vulcano me vuelven aparentemente invulnerable”.

Ese “aparentemente” me quedó zumbando en los oídos como un estigma sanguinolento de la resignación a la muerte. Era como si en ese mismo instante mi subconsciente hubiera descubierto que al mirarse en el espejo anunciaba gran fortaleza, pero que la inmunidad no podía ser cuando algo intentaba filtrarse entre las rocas. Sabía, eso sí, que el gran ataque lograría controlarlo, pero no las gotitas de agua corriendo por los rincones hasta oxidar mis armadura y rendirla ante el reluciente nuevo amo.

Y llegó el día, lejano… lejanísimo ya… en que necesité decir te amo. Y a sabiendas de que él no comprendería, me guardé las palabras y emprendí la búsqueda. ¿Quién iba a decir que encontrar el disfraz de un caballero medieval podía ser tan difícil?

Tuve que contenerme día tras día ante el deseo de sentir y de hablar para no traicionarme. Hasta que lo encontré, catalogado como “caballero andante-Don Quijote”. Yo buscaba más bien un caballero cruzado, pero a falta de pan… buenas con tortas.

La cota de malla era en realidad una malla de lycra plateada y la sentí demasiado poco hiriente. Entonces me envolví alrededor del costillar un trozo de otra malla, la metálica, de un tejido firme pero muy flexible, de la misma que había sobrado de algún arreglo en casa de mi madre y que también había sido dispuesta en las rejas de la puerta del garage para que el cachorrito no escapara. Me pareció simbólica, perfecta. La pulí y me envolví el torso con ella sobre la malla plateada que cubría también mis piernas y mis brazos.

Me coloqué las piezas de imitación que combinaban tela basta y trozos de hojalata ligera. Una pechera y algunas piezas estratégicas en las articulaciones, más unos guantes y un yelmo con plumitas. Al mirarme en el espejo solté una risilla tonta y me sentí más cercana a un skater cumpliendo con normas de seguridad que a un caballero en armadura. Apagué la luz y me marché sin despedirme, pues ya todos dormían en la casa.

Al subir al auto decidí quitarme la pechera y viajé sintiendo la malla metálica clavarse en mi pecho y no pude evitar pensar que tendría que pagar por la lycra en la tienda de alquiler. Me bajé y la luz del poste junto al cual había estacionado encendió mi pechera de artificio y me hizo sentir un poco Juana de Arco. Caminé con mi disfraz y su pequeño escándalo de láminas metálicas chocando entre sí hasta el recibidor del edificio. Le sonreí al guardia que tardó un poco en reconocerme para luego devolverme la sonrisa y anunciar: “Arriba está el señor, siga nomás”.

Tomé el ascensor y levanté mi escudo y mi lanza quijotescas. Timbré y esperé a que abriera. Lo hizo soñoliento y me miró antes de reírse a carcajadas. Me tiró del brazo armado y quiso quitarme el yelmo. Lo increpé en un reto de batalla y él me siguió el juego. Poco tardó la tela basta en quedar contra el piso con su trocitos de hojalata resplandeciendo con la luz de las lámparas cálidas de su sala. Sus labios se deslizaban por mi cuello cuando sus dedos sangraron contra mi malla metálica y un chillidito lo detuvo todo.

Luego de curarse el cortecito me anunció que no se encargaría de quitarme ninguna cota de malla. Entonces la retiré con cuidado, más confiada, y me quité la lycra y la ropa interior mientras me miraba. Cuando intentó acercarse lo detuve con mi mano izquierda y empecé a envolverme en el metal con la derecha. Ante su carita de desconcierto y su “qué, muy sádica hoy” solo sonreí pensando que era masoquista el término y usé mis dos manos para amarrar con fuerza la tela metálica que hirió mi piel.

Lo empujé contra la cama y empecé a tocarlo como si orara ante un altar sagrado en la noche de la bendición de mis armas protectoras. Mis manos apretaban su tronco que se enderezaba y engrosaba a cada roce. Mi lengua lo humedecía desde el capullito de la punta. Él se dejaba hacer sin miramientos. Yo me aseguraba de que la malla no lo lastimara a él.

Fervientemente succioné su virilidad hasta tenerlo de roble entre mis dientes. Entonces monté mi cabalgadura e inicie un galope hacia la gloria. A cada movimiento sus gemidos me obligaban a seguir y el metal en mi pecho se incrustaba causando un ligero dolor, ese que siempre se siente ante el amor. Era, pues, un balancearse entre el placer y las heridas con una angustia de la que solo me rescataba la fe en mi dios viril tendido sobre la cama. Él levantaba su cadera y su rostro se contraía en el orgasmo mientras sus manos se aferraban a las sábanas rayadas, negándose a tomarme por miedo a lastimarse. Es ese terror de amar hasta en los dioses.

Al final, sentí su bombardeo que no logro despejar mis defensas antiamor y comprendí que nunca se alcanzaría esa gloria. No importaba si atacabas para sacar la cota de malla o te alejabas. El resultado era el mismo: la fortaleza no sería tomada. Y me sentí fuerte al contemplar las marcas de mi sangre marcando los caminos que apuntaban a mi corazón. Reí y me marché para desinfectar las lastimaduras a solas en mi casa.

Ahora, cachorrito tras las rejas, recuerdo que retiré con suavidad el artilugio protector falsificado y comprendo que más seguro es caminar despacio que precipitarse a derrumbar los muros. Y me desnudo para recostarme en la cama y dejar que me beses con ternura.

Escrito por Julia
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Comentarios


Hubo una época en que tuve que decir mucho "te amo", tanto que acabó perdiendo su significado.

Traumas de los que no te recuperas.

Eso sí, la ternura, a flor de piel.


Comentario de Josean el el 06/01 a las 04:32

P R E C I O S O phos, quijotesco amor de dulcinea armada de metal y de te amo

achuchones de abrelatas


Comentario de solojose el el 06/01 a las 17:04

sublime, como elevarse en el sopor que causan las pastillas y el alcohol.
Siempre dije te amo porqeu lo sentia hasta que ese te amo me empezo a doler como un perdido entre las sabanas, incando mi cuerpo al intercalar posiciones. Aprendi a fuerza de sustos a fingir un "te amo" a la vecina, a la prima, a la putita que todos encuentran en cada barrio, a mi mismisima mano derecha....Cuan absurdas resultan las palabras, perdiendo su significado dependiendo del contexto, la postura, el enemigo al que uno se enfrente!......"te amo".....realmente a alguien le interesa lo que eso significa?


Comentario de pablonn69 el el 06/02 a las 11:57

Qué maravilla de post, Phosphorus. Cómo ha valido la pena derribar al fin las puertas de tu fortaleza informática.

Abrazo desnudo.


Comentario de Ella y su orgía el el 06/05 a las 06:26

Josean... yo nunca digo te amo (ni siquiera cuando siento que amo)... es un trauma del que no me he recuperado vida tras vida. Y es terrible y sublime al mismo tiempo percatarse de los recuerdos lejanos tan lejanos que son incomprensibles. tomar conciencia del daño que no ha dañado, y perder el amor recuperado en cuerpos extraños.

Solojose... don solojose... ay, don solojose, por qué un presencia temerosa es la que rompe mi cota de malla?

Pablo... esta noche tomaré un coctel que incluya los restos hallados en las cajas de recetas viejas: prozac verdiblanca, zoloft crema de leche, valium celestitas, xanax de tres pedazos... ya fue quebrado el otro por su trópico.

Ella... suspiro electrónico


Comentario de Phosphorus al borde el el 06/20 a las 23:23

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